TUVE QUE ELIMINAR LOS SAPOS.
La pequeña e inocente niña curiosa fue al charco, a besar los sapos.
Estaba convencida de que habría un sapo con voz oscura y sabia, un sapo que fuera tan curioso que hubiera ido hasta a los árboles. Un sapo que supiera como ser sapo, como ser ave, como ser lago, como ser libro.
La dulce y ya no tan pequeña, fue a buscar charcos, y se quedo en un charco a donde iban a charlar los sapos más interesantes del resto de los charcos, y a donde asistían de vez en cuando las sapas más interesantes, intrépidas, ágiles, y hábiles con las palabras y las miradas.
Fue tan de frente, que no los escuchó detrás de los árboles, si no que se sentó en frente a escuchar sus imponentes exposiciones, sus imponentes, creativas, filosóficas, espantosas teorías. Que en sus ojos demostraban haber tenido algún efecto y ser responsables de todos sus éxitos, y cuando logró dejar atrás su asco y reconoció la maravilla de sus razones se dedico a besar sapos y sapos, sapos y sapos, muchos sapos. A descubrir como se aferraban a su boca o jugueteaban entre sus dientes, pero seguían siendo sapos. Y luego de besarlos se desvanecía se encanto, y pensaba finalmente, era tan solo un sapo y lo seguirá siendo. Creo que no puedo con tanta baba. Y a causa de otro sapo podría decir, su piel es demasiado áspera. Pero por algún otro sapo podría decir, su piel es tan suave como los pétalos de rosa, y sus ojos tan brillantes como la luna, pero es tan solo un sapo, y nunca entenderá mi amor.
Luego, empezó a ver a todos los sapos de una forma muy similar. Ya no encontraba maravillosas sus saltarinas y musculosas piernas. Ya no le interesaba alguien que pudiera atrapar moscas, o nadar de bajo del agua. Empezaba su piel a volverse áspera, y su voz a sonar más ronca. Había a prendido a saltar muy alto, pero era consiente que como un resorte volvía a abajo, y ya habiendo conocido no solo a los sapos si no a otros animales rastreros que rodeaban el charco, empezó a no desear seguir estando allí.
Habían aún sapos muy bellos, sapos muy suaves, sapos con mirada de estrella. Sapos muy fuertes y flexibles, sapos muy interesantes, pero se dio cuenta que nunca estarían a su altura, y ya en ese entonces era toda una mujer. Las curvas de su cuerpo se vislumbraban entre los quiebres de su ropa. Se adivinaba ya no solo esa dulce curiosidad, o esa magia de aquellas mujeres que conocen los trucos de los sapos; también tenía una bufanda gris que representaba y contenía toda su tristeza. ¡No había encontrado al sapo que al ser besado se convirtiera en principe!
Ella salió del charco, para siempre, y vagó por el bosque. Ya no en busca de hongos de colores o de flores psicodélicas. Ya no en busca de otros charcos, si no de algún claro que la dejara ver el cielo, y respirar el aire limpio que desde que entró al charco no había olido. Allí construyo una solitaria choza. Ella sola. ¿Quién dijo que se necesitan sapos o hombres para vivir? Si ya conozco los trucos de los hombres y de los sapos puedo evitarme convivir con los dolores que causan sus presencias. Sus olores, sus pieles toscas, sus miradas torvas, sus indiferencias, su amor por las moscas...
Claro que pudo vivir sin ellos, hasta que un día vió a pasar a una flautista. Que le preguntó con los ojos muy abiertos, no si le gustaba su canción, o donde quedaba algún lugar. Le preuntó si creía en ella. Le preguntó si creía que tenía futuro y algún día sería una gran flautista. Y ella con la sonrisa más amplia que pudo mientras contenía su admiración y sus lágrimas asintió mientras la veía alejarse. Luego, se propuso ser ella tambien un gran flautista, en parte para ser tan bella, independiente, interesante como la primera flautista, y tomó sus cosas, y preparó su viaje en busca de su flauta.
-Continuará...-
La pequeña e inocente niña curiosa fue al charco, a besar los sapos.
Estaba convencida de que habría un sapo con voz oscura y sabia, un sapo que fuera tan curioso que hubiera ido hasta a los árboles. Un sapo que supiera como ser sapo, como ser ave, como ser lago, como ser libro.
La dulce y ya no tan pequeña, fue a buscar charcos, y se quedo en un charco a donde iban a charlar los sapos más interesantes del resto de los charcos, y a donde asistían de vez en cuando las sapas más interesantes, intrépidas, ágiles, y hábiles con las palabras y las miradas.
Fue tan de frente, que no los escuchó detrás de los árboles, si no que se sentó en frente a escuchar sus imponentes exposiciones, sus imponentes, creativas, filosóficas, espantosas teorías. Que en sus ojos demostraban haber tenido algún efecto y ser responsables de todos sus éxitos, y cuando logró dejar atrás su asco y reconoció la maravilla de sus razones se dedico a besar sapos y sapos, sapos y sapos, muchos sapos. A descubrir como se aferraban a su boca o jugueteaban entre sus dientes, pero seguían siendo sapos. Y luego de besarlos se desvanecía se encanto, y pensaba finalmente, era tan solo un sapo y lo seguirá siendo. Creo que no puedo con tanta baba. Y a causa de otro sapo podría decir, su piel es demasiado áspera. Pero por algún otro sapo podría decir, su piel es tan suave como los pétalos de rosa, y sus ojos tan brillantes como la luna, pero es tan solo un sapo, y nunca entenderá mi amor.
Luego, empezó a ver a todos los sapos de una forma muy similar. Ya no encontraba maravillosas sus saltarinas y musculosas piernas. Ya no le interesaba alguien que pudiera atrapar moscas, o nadar de bajo del agua. Empezaba su piel a volverse áspera, y su voz a sonar más ronca. Había a prendido a saltar muy alto, pero era consiente que como un resorte volvía a abajo, y ya habiendo conocido no solo a los sapos si no a otros animales rastreros que rodeaban el charco, empezó a no desear seguir estando allí.
Habían aún sapos muy bellos, sapos muy suaves, sapos con mirada de estrella. Sapos muy fuertes y flexibles, sapos muy interesantes, pero se dio cuenta que nunca estarían a su altura, y ya en ese entonces era toda una mujer. Las curvas de su cuerpo se vislumbraban entre los quiebres de su ropa. Se adivinaba ya no solo esa dulce curiosidad, o esa magia de aquellas mujeres que conocen los trucos de los sapos; también tenía una bufanda gris que representaba y contenía toda su tristeza. ¡No había encontrado al sapo que al ser besado se convirtiera en principe!
Ella salió del charco, para siempre, y vagó por el bosque. Ya no en busca de hongos de colores o de flores psicodélicas. Ya no en busca de otros charcos, si no de algún claro que la dejara ver el cielo, y respirar el aire limpio que desde que entró al charco no había olido. Allí construyo una solitaria choza. Ella sola. ¿Quién dijo que se necesitan sapos o hombres para vivir? Si ya conozco los trucos de los hombres y de los sapos puedo evitarme convivir con los dolores que causan sus presencias. Sus olores, sus pieles toscas, sus miradas torvas, sus indiferencias, su amor por las moscas...
Claro que pudo vivir sin ellos, hasta que un día vió a pasar a una flautista. Que le preguntó con los ojos muy abiertos, no si le gustaba su canción, o donde quedaba algún lugar. Le preuntó si creía en ella. Le preguntó si creía que tenía futuro y algún día sería una gran flautista. Y ella con la sonrisa más amplia que pudo mientras contenía su admiración y sus lágrimas asintió mientras la veía alejarse. Luego, se propuso ser ella tambien un gran flautista, en parte para ser tan bella, independiente, interesante como la primera flautista, y tomó sus cosas, y preparó su viaje en busca de su flauta.
-Continuará...-