11/01/2011

Paranoia Halloween


Jadea mi boca en cada pedaleo. Es lunes y ya estoy rendida, agotada, exprimida y cansada. No veo casi nada, cada vez estoy más ciega y dependo más de la capacidad de sentir, pero hoy, ni siquiera siento. No me había dado cuenta de la sordera, ni de la ceguera hasta que fue de noche y me fui en mi hacha, no pude escuchar, ni aún en las calles más calladas el sonido de mi hacha sobre el pavimento. Respecto a la ceguera, tuve que bajarme de la hacha y acercarme a uno de los letreros de la esquina para ver en donde iba, y ni aún así supe donde estaba. Finalmente, ví al final de la calle una gran mancha gris, el color del muro de un colegio que bien sé donde queda. Así supe por donde debía seguir pero es de anotar que llevo recorriendo estas calles al menos 6 meses. Es de anotar que voy por ellas dos veces al día. Es de estremecerse darme cuenta que me resulten tan ajenas, tan lejanas, tan sucias.
La sordera puede explicarse en parte por la gran cantidad de tienditas con música por todo el camino. Por las voces de tanta gente despierta, por el murmullo de una ciudad de fiesta, una ciudad que no duerme, pero hay un terrible tercer factor que es el que me inclina a la paranoia.
Parece no ser tan solo mi sordera. Parece que todos han apagado el celular. No me sorprendería que mañana saliera en las noticias que la mitad de la población ha sido asesinada. Parece que todos hubieran drogado a su conciencia. Pareciera que hubieran decidido no hacer caso a ninguna advertencia, a ningún pare, a ningún letrero de peligro, a ninguna sonrisa. Todos parecen ocupados, terriblemente ocupados en hacer de sí mismos lo peor de sí. Todos parecen desear asesinar, y los que no, ser asesinados.
Todos se acercan peligrosamente al filo de mi hacha. Digo, a la rueda de mi hacha. Caminan hacia atrás justo cuando yo voy a pasar, sacan la cabeza del auto, salen por la puerta del carro que da a la mitad de la calle, incluso se ubican a charlar en medio de la avenida. Carros que andan despacio detrás de mi hacha habiendo más espacio para pasar, indigentes que llevan sus carritos en contravía por la mitad de la avenida séptima, en general, gente que no se disfraza, pero pareciera querer morir, me lo dicen sus actos, tan inconscientes, ingenios, y estridentes.
Para mi curiosidad, los disfrazados siguen siendo bastante cuidadosos, ninguno llamó mi atención en especial. Son aquellos, los desprevenidos, los que desean ser víctimas, y pareciera por todo lo anterior que la ciudad hubiese sido hechizada para que nadie pudiera escuchar los ruidos que hace la oscuridad al moverse y hacer gritar las almas.
Empiezo a sentirme terriblemente asustada, ando cada vez más rápido en mi hacha, ignoro los deyavús de la gente repitiendo acciones, sigo evitando la gente que quiere ser golpeada con mi hacha, sigo adelante cuidándome de los carros y haciendo un esfuerzo por salirme de mi singular perspectiva para poder mirar hacia todos lados, ser consiente de las cosas y sentir, para poder huir en caso tal.
¡Sentir!
El problema es que al lograrlo lo que se me aparece es un desespero profundo, unas ganas de gritar con absoluta desarmonía, afán, locura obsesiva que todos están locos y la misma fuerza que le ponga a mi voz, dársela a mis piernas desenfrenadas. No les queda otra opción que obedecer al frenesí que experimenta la ciudad, el país. Parece que en los días de carnaval todos actúan distinto a como lo hacen normalmente: ¿Quién soy yo para discordar?. Espero que sea esto y no un hechizo de sordera, hecho por los seguidores de satán, pero en caso de no existir, es en serio que me estoy quedando ciega. ¿Que voy a ser ahora?

Al llegar a casa descubro un oscuro truco. Han logrado a mi también hacerme indefensa, sorda, ciega, loca. Ya no hay hacha, es tan solo mi bicicleta.