No hay nada que evitar.
No hay cómo evitar esta sensación macabra de que llegará en cualquier momento algo que parta, algo que asuste y aniquile, en un instante cada cosa. ¡Inimaginable! Pero se siente, quizás como un perro huele una media vieja, como un gato desconfía de quien le odia desde el primer vistazo. Simplemente lo siento, como quien descubre ver cucarachas a 500 metros con miopía que solo le permite ver a 20 centímetros. Simplemente aparece, y me cuenta pacíficamente, neutro, me dice al oído yo existo, algo malo va a pasar. Aún junto al descubrimiento de las maravillas del mundo antiguo y del nuevo, junto a la alegría, la emoción, la energía, la seguridad. Junto a la más profunda calma, esta esa aguja, en medio de los huecos de las tablas de mi piso de madera, y brilla. Quiere ser descubierta, quiere ser mirada a los ojos, como una bestia muy hermosa. Quiere ser tocada, está cansada de ser negada, escondida. El terror desea revindicarse y abarcarlo todo, recuperar sus propiedades. Esperemos que ya no tenga cómo.
Ahora lo pienso mejor. Esto ya ha sucedido antes en otras condiciones. Sucede lo mismo, hago lo mismo repetidamente en distintas ocasiones. Yo me muevo en terrenos pedregosos, fangosos, como pez en el agua, y luego descubro que era un mal lugar, un mal ambiente para hacer tales cosas. Y sucede cada vez que quiero hacer algo. Pero estoy cansada de tantos impedimentos.
Dormiré.